lunes, 26 de noviembre de 2007

Dream / Nightmare

Desde que estoy aquí (por cierto, hoy cumplo tres meses) he recibido de muchas personas dos visiones completamente opuestas de Irlanda, tan opuestas que parece imposible que se esté hablando del mismo país.

-Versión "Irlanda es un sueño": En esta versión, Irlanda es un país maravilloso, lleno de campas verdes, vaquitas y acantilados, donde el whisky y la Guinness corren como ríos desbocados y toda cordialidad hace su habitación. Es el mejor país del mundo para vivir, porque podrás tener las comodidades de la vida moderna sin abandonar la apacible vida tradicional, familiar, católica. Los irlandeses son gente divertida, abierta, generosa, alegre, y te hacen sentir como en tu propia casa. En esta Irlanda, la gente que viene no quiere irse nunca, y los amigos que se hacen aquí son para siempre.

-Versión "Irlanda es una pesadilla": en este otro "universo paralelo" (que ya se entreveía en esta entrada), Irlanda es un país horrible, casi tercermundista, con comunicaciones espantosas, mala organización, precios carísimos, donde sólo hay lluvia y nubes y donde el whisky y la Guinness corren como ríos desbocados (vale, en eso coinciden todas las versiones). Según esta segunda teoría, los irlandeses son tacaños, reservados, no muy higiénicos y poco avispados, y es un milagro que les dejaran entrar en la Unión Europea. En esta Irlanda, el que viene está deseando marcharse, y cuando se vaya es probable que no deje atrás ningún amigo.

Me resulta curioso que se puedan encontrar versiones tan absolutamente encontradas sobre el mismo país, sobre todo porque no es una persona ni dos la que apoya cada una de las teorías, sino legión. Y parece que en el medio no hay nada.

Pues yo, por llevar la contraria, me encuentro en un amigable término medio, una "tercera vía" a lo Tony Blair: En mi Irlanda yo estoy muy a gusto, la gente es muy maja, la Guinness y el whisky corren como ríos desbocados (cómo no), y los paisajes, una vez que sales de Limerick, son preciosos; pero también veo la mala organización y los atascos y los precios caros -aunque los sueldos van en proporción, todo hay que decirlo-; sobre los irlandeses, poco puedo decir, porque sólo conozco (bien) a dos o tres, y cada uno es de su padre y de su madre.

Sí que reconozco que, no sé por qué (supongo que porque comparo Limerick con St. Andrews), no me he enamorado de Irlanda como en su día me enamoré de Escocia. Por lo menos todavía.