miércoles, 7 de mayo de 2008

Guinness is good for you!

En Irlanda la Guinness no es una bebida: es una religión. En Las cenizas de Ángela, algunos personajes utilizan expresiones como "Dios dé salud a la familia Guinness", como si fuera la Sagrada Familia, y no me sorprende: si se secaran las fuentes de St. James's Gate el país se hundiría en una depresión, abandonado a su trágico destino.

Todo esto viene a que el sábado pasado fui a la Guinness Storehouse en Dublín con Nerea y su familia. Esta storehouse es en realidad una sección de la auténtica fábrica de Guinness a la entrada de Dublín, que ahora está dedicada a un museo de la historia de la cerveza -muy parecido al "Museo del Vino" de Briones-. Como atracción no está mal, aunque no sé si merece los 14€ que cuesta la entrada.

Lo primero que te enseñan cuando entras es el contrato original de arrendamiento del solar, firmado en 1759 por Arthur Guinness por un plazo de 9000 años -no, no se me ha enganchado el dedo en la tecla, son nueve mil años-; luego, un primer piso dedicado a los ingredientes (cebada, lúpulo, levadura y agua), otro al proceso de producción... y a partir de aquí me dio la impresión de que se quedaron sin ideas y con muchas plantas por llenar: unas cuantas fotos antiguas del edificio, un apartado sobre el transporte, una sala "interactiva" sobre el consumo responsable, una sección -que podía haber sido mucho mejor- sobre la publicidad de Guinness, que es uno de los aspectos más interesantes de la marca... Y al final, otra cosa que sí merece la pena: cada entrada da derecho a una pinta de Guinness en el Gravity Bar, un bar circular acristalado en lo alto del edificio que permite tener una visión panorámica (algo decepcionante) de la ciudad de Dublín.

En definitiva, no está mal para ir una vez, pero no deja de ser un museo comercial e institucional, así que ya se sabe lo que puede esperarse: la tienda -enorme- a la entrada y a la salida, un mundo de color de rosa donde Guinness contribuye a la salud y al bienestar de los irlandeses, y donde todo es exquisito, único, incomparable... Además, yo esperaba que hicieran más hincapié en la parte histórica, con fotografías reales del interior de la fábrica, o con documentos auténticos de la época... Vamos, que los que vengáis a verme, si queréis ir, os vais solos.

Curiosidad: Igual soy el único que no lo sabía, pero en este museo descubrí que el Libro Guinness de los records se debe efectivamente a la misma familia Guinness que la cerveza: aparentemente todo comenzó cuando uno de sus miembros se metió en una discusión de bar sobre cuál era el pájaro más rápido, y como no podían resolverla, decidió investigar y escribir un libro con todo lo más grande, rápido, pequeño, etc. del mundo. Y desde entonces.

4 comentarios:

Luis dijo...

¡Qué sed me has dado! Un abrazo.

Manuel Trujillo Berges dijo...

Tómate una a mi salud...

jaime dijo...

Jajajaja, el libro guinness se merecía un comienzo así de estúpido! Es, claramente, la biblia de las discusiones de borrachera. Yo tengo un amigo que siempre que se emborracha le da por querer demostrar que se puede beber un galón de leche en no sé cuántos segundos. Y digo yo: ¿cómo coño sabrá lo que es un galón?
Lo siento por la verde Eire, pero para mí una pinta de Guinness es como un vaso -colmadito- de puré de garbanzos.

Santi dijo...

Se suele decir que tomarse una Guinness es más comer que beber, por lo densa que es. Pero una vez que te acostumbras al sabor amargo, que al principio puede costar un poco, entra como agua. Por cierto, algo tendrá la Guinness cuando la bendicen: he oído hablar de médicos que, no hace tanto, la recomendaban (con moderación) como medio para recuperarse después de una convalecencia.

Luis, Manuel, La próxima Guinness que me tome será a vuestra salud.