lunes, 31 de marzo de 2008

Four flights and a wedding

Cuatro días dan para mucho, pero te dejan el cuerpo 'estrozao. El jueves al mediodía volé para allá (de Limerick a Londres, de Londres a Madrid) para ir a la boda de Ana, mi twin escocesa. El vuelo fue bien, la cena con mis padres (que casualmente tenían que ir a Madrid este mismo fin de semana), también. Después, una sorpresa desagradable: el hotel Asturias, en el que había reservado habitación por internet, había cancelado mi reserva sin decirme nada. Aparentemente, habían tenido un problema con mi tarjeta, y no se les había ocurrido llamarme ni escribirme un email. Para qué. Afortunadamente, Nerea y yo conocíamos otro hotel en el que habíamos estado una vez, y tenían habitaciones libres, así que no tuvimos que dormir en la calle, ni "okupar" la habitación de mis padres, ni invadir a ninguno de nuestros amigos madrileños (de origen o por adopción).

El viernes fue día de transición: por la mañana, paseo por la Complutense, Moncloa, la librería Visor (130€ de libros, incluidos gastos de envío, todos de trabajo), y luego comer con Iñaki, en un restaurante llamado "El Olvido" (¿no?), muy rico todo. Y por la tarde, a Guadalajara. Que me perdonen los guadalajeños, pero qué feo es Guadalajara. Es un pueblo -me recuerda mucho a Haro- con sólo una cosa notable: el Palacio del Infantado, que encima estaba de obras, así que ni eso lo pudimos ver bien. No tienen autobuses ni taxis por las noches, no hay ni un bar abierto a las 10 de la mañana de un domingo para desayunar... En fin, un pueblo, y no de los más bonitos.

Pero bueno, lo importante era la boda, que es a lo que habíamos ido, y ahí sí que todo fue muy bonito, y todo fue muy bien. Los novios dijeron sí, ella iba muy guapa, él estaba muy nervioso, la concejala que los casó no paró de decirles la de problemas que iban a tener durante el matrimonio... A la salida les bailaron un aurresku o, como dijo un señor que se paró detrás de nosotros "eso que bailan los vascos que no sé cómo se llama". La comida fue cerca de Barajas, en una finca -campa, carpa, estanque-, y el tiempo acompañó. La sorpresa del baile: los que más bailábamos eran los de Bilbao. Después, un par de copas en un bar de Guada, y a dormir, que ya no podíamos más.

Y el domingo, pues el via crucis de la vuelta: de Guada a Madrid en el autobús de las 12; comer en Madrid; coger el metro a Barajas; en Barajas, cómo no, retraso; volar a Londres; en Londres, cómo no, retraso; volar a Shannon; coger un taxi a Limerick, y llegar a casa a eso de la 1 de la mañana. Y hoy, a dar clase. Menos mal que mañana no madrugo y voy a dormir como un ceporrín...