sábado, 25 de julio de 2009

Donnie Darko vs. Lost Highway

El otro día vi Donnie Darko, una película de la que me habían dicho que era "rara de narices". Y desde luego que lo es: trata de un adolescente con problemas mentales, en un estrafalario pueblo de la América profunda, al que un conejo de peluche tamaño XL le dice que se va a acabar el mundo en un mes si él no lo remedia. Esa misma noche, el motor desprendido de un avión cae sobre su casa, y a partir de entonces, confusión narrativa, una sencilla historia de amor y un retrato de algunos de los tópicos y conflictos de los Estados Unidos contemporáneos.

Una buena película, distinta, sorprendente, pero pensaba yo que para películas raras y que juegan a situar a los mismos personajes en varios planos temporales y narrativos, me quedo con Carretera perdida, de David Lynch, una de mis películas favoritas. Es difícil resumir el argumento de Carretera perdida, porque es David Lynch en estado puro: lo fundamental son los juegos sobre identidades confusas, paradojas temporales, un suspense que nace de la música, del ambiente y de las interpretaciones. Una obra de arte siempre que no se espere una película convencional.

La razón fundamental de que me guste más Carretera perdida que Donnie Darko es que el director de la segunda se ha esforzado por dar una explicación coherente (en las explicaciones en DVD, en entrevistas, etc.) a la confusión narrativa a la que se enfrenta el espectador, de manera que todo encaje; en la de David Lynch, en cambio, es imposible explicar racionalmente lo que sucede: hay cosas que encajan... pero no encajan; lo que parece tener sentido un momento, no lo tiene al siguiente; se utilizan códigos visuales y narrativos reconocibles (el gangster mafioso, la esposa infiel...) pero se distorsionan hasta convertirlos en seres extraños y misteriosos...

Entiendo que a mucha gente recursos narrativos y visuales como los de Carretera perdida les saquen de quicio, porque les gusta que la ficción mantenga el pacto firmado con el receptor: que no le engañe, que le dé las claves (o al menos, las pistas suficientes) para construir una historia coherente; que lo que empieza, acabe, y de una manera reconocible, además. Pero es que a mí me gusta más casi lo contrario: que se insinúe, se confunda y se dejen cabos sueltos (siempre que sea por voluntad y no por impericia).

Por eso un final como el de Los Soprano -la familia cena en un bar, un hombre sospechoso ha entrado al baño poco antes, fundido en negro, nunca sabremos qué ha pasado- me parece genial, y me da miedo en cambio que los guionistas de Lost se esfuercen demasiado para dar respuesta a todos los interrogantes, para atar todos los cabos, y en el camino conviertan lo poético en banal. Veremos.