viernes, 22 de mayo de 2009

Camelot under the rain

El otro día, cuando me estaba acercando al castillo de Camelot, comenzó a llover a mares. Y la lluvia, emborronando el aire, confundía mis sentidos y me hacía ver altos edificios grises llenos de luces (árboles y rayos, sin duda), brillantes animales metálicos reptando veloces por el suelo (jabalíes con el pelo mojado, diría yo) y la tierra parecía perder sus colores para volverse dura, gris, idéntica en todas las direcciones -no pretendo explicarlo, sólo lo describo.

Lo más curioso es que el fenómeno persistió incluso cuando, ya a refugio de los elementos, me reuní con Arturo, Ginebra y los demás en la sala de la Mesa Redonda: en vez de sus armaduras, sus brocados, sus escudos herálicos, me pareció ver una reunión de seres vestidos de negro y blanco, con unos absurdos pedazos de tela alargada colgados de sus cuellos, blandiendo una especie de pequeños punzones sobre unos pergaminos extraordinariamente blancos y delgados. Y Arturo decía: "...debemos convencer a nuestros accionistas..."

Después me desmayé, y cuando desperté en brazos de Ginebra todo había vuelto a la normalidad.

3 comentarios:

Jaime dijo...

welcome back!

paaliy dijo...

pobrecito..
qué pesadilla de modernidad!

Martita dijo...

Al fin Camelot ha vuelto y voy yo y llego tarde...