miércoles, 24 de junio de 2009

Michael Collins

Hace tiempo que tenía ganas de ver la película Michael Collins, y más todavía después de visitar la antigua cárcel de Dublín, que habla fundamentalmente del Alzamiento de Pascua y sus consecuencias (Declaración de Independencia, Guerra de Independencia, Tratado Anglo-irlandés, Guerra Civil...). Michael Collins, miembro destacado del primer IRA y del primer Parlamento irlandés o Dáil, jugó un papel fundamental en aquellos momentos históricos, hasta el punto de que, al parecer contra su voluntad, fue una de las personas encargadas de negociar el polémico Tratado con los ingleses por el que Irlanda logró una independencia tutelada, a cambio de la división de la isla.

La película trata precisamente el periodo más agitado de la historia irlandesa reciente: desde el alzamiento de 1916 y el fusilamiento de sus líderes (Michael Collins estuvo implicado en la rebelión, pero no como cabecilla), hasta el asesinato de Collins en 1922, durante la Guerra Civil irlandesa. Comparada con El viento que agita la cebada, Michael Collins es más fácil de seguir para el espectador, porque explica más claramente los vaivenes históricos de los personajes y de Irlanda en general; en cambio, como película, es mucho más plana, mucho menos artística.

Uno de los aspectos más controvertidos de Michael Collins es el modo en que retrata a Éamon de Valera, el primer Presidente de la República de Irlanda. Es cierto que existieron rivalidades entre Collins y de Valera, especialmente tras la Guerra de Independencia: Collins encabezó a los partidarios del Tratado Anglo-irlandés que él mismo había negociado, y de Valera a los contrarios al tratado, de modo que cuando estalló la Guerra Civil ambos eran los líderes -ideológicos, al menos- de los dos ejércitos enfrentados. Pero en la película la figura de De Valera sale muy perjudicada por la comparación con Collins, casi caricaturizada: se le muestra como a una persona timorata, débil, manipuladora y egocéntrica, frente al idealismo, honestidad e inteligencia de Collins. Incluso se insinúa algo que los historiadores parecen haber descartado ya completamente: que De Valera pudiera haber ordenado el asesinato de Collins para librarse de su mayor enemigo.

Tampoco los actores están todos al mismo nivel: Liam Neeson hace un buen papel como Michael Collins, y Aidan Quinn como Harry Boland; en cambio, Alan Rickman sobreactúa -para mi gusto-, y Julia Roberts, para el gusto de casi todo el mundo, no pinta nada haciendo de prometida de Collins, y no resulta en absoluto creíble (aparte de que, por los comentarios que he leído en internet, sus intentos de fingir un acento irlandés resultan involuntariamente humorísticos).

En resumen, Michael Collins puede ser una película interesante para entender algo mejor lo que pasó en Irlanda en aquellos seis años de historia concentrada, como quien ve un documental. En cambio, como película artística o como entretenimiento, deja algo que desear. Recomiendo mucho más -una vez asimilado bien el contexto histórico, eso sí-, El viento que agita la cebada, de Ken Loach.